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La asesoría filosófica, como toda praxis y como toda aproximación rigurosa a un determinado objeto de estudio,, precisa de un método, de unas estrategias para la consecución de unos fines.

En el caso de la asesoría filosófica, estos fines no son otros que reestablecer el equilibrio, la armonía y la estabilidad al consultante que sufría de determinados malestares. La asesoría filosófica es, sin duda, un arte, además de una modalidad de ayuda.

La vertiente sapiencial de la filosofía, es decir, la filosofía para la vida, para la buena vida, necesita por tanto de una serie de estrategias y, por supuesto, de un método de aplicación. Como en tantos campos, tampoco en la asesoría filosófica, por flexible que ésta pueda ser en su metodología (cada asesor tiene sus propios métodos y estrategias), todo vale.

Sin embargo, y en el sentido antes apuntado, cada asesor decide, a veces sobre la marcha, de ahí su flexibilidad, cómo proporcionar ayuda al asesorado. Hay, sin embargo, algunos aspectos que el asesor filosófico debe de considerar siempre, más allá de los diferentes métodos de podamos utilizar.

El asesor filosófico no busca simplemente que el asesorado se adapte a una realidad para conseguir esa funcionalidad que lo haga seguir adelante en su cotidianidad sin demasiados problemas. Esto, siendo importante, es, quizás, objeto de trabajo de otros profesionales. Para el asesor filosófico hay siempre un compromiso con la verdad, dicho esto en un sentido que, evidentemente, habría que explicar con detenimiento, aunque no es este el lugar.

Un cliente puede ir al psicólogo para dejar un determinado hábito, sin mayor reflexión. Una persona puede tomar un analgésico de forma continuada para que desaparezca su dolor, sin mayor reflexión. Pero ni aquél hábito, ni aquél dolor deben de ser suprimidos sin más. Hay costumbres o hábitos que no deben de ser suprimidos a toda costa, y el dolor, en ocasiones, es señal de un mal mayor sobre el que es necesario en ocasiones saber su etiología. A esto me refiero con el compromiso con la verdad del asesor. Es preciso que el asesorado, con ayuda del asesor, indague acerca de su jerarquía de valores, sobre su vida, sobre cuál puede ser, en determinado momento, la decisión adecuada; este es el compromiso.

La ética (reflexión crítica sobre la moral, que a su vez versa sobre el bien y el mal) debe de ser santo y seña, a mi juicio, del asesor en su relación con el asesorado y como directriz en el diálogo y método. La estética (reflexión crítica en torno al arte, a la belleza) es otra vertiente que considero de gran importancia, incluso metodológicamente.

En la búsqueda de soluciones a determinados problemas o malestares, tanto el asesor como el asesorado pueden hallar en el arte (la literatura, el cine, inclusive un cuadro) puntos en común con el propio problema del asesorado, pueden hallar, analogías entre el propio problema y hasta estrategias de solución del mismo.

Ética y estética, señala Ernst Jünger en Los titanes venideros, “se encuentran y se tocan por lo menos en un punto: lo que es verdaderamente bello no puede no ser ético, y lo que es realmente ético no puede no ser bello”. Esto será, pues, parte de mi forma de entender la asesoría filosófica.

Dr. Leopoldo la Rubia
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